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© laura garcia ardura 2011

Aparecí por primera vez hace veinticinco años durante una noche de frío invierno asturiano; el Sol, lejos de alumbrarme,  anduvo gestionándose por las constelaciones de capricornio y acuario, confirmándose más tarde la última en sus  0° 33' como coartada para declararme acuariana, pretexto al que recurro a menudo para poder seguir en el aire.

Asturias, Ibiza e Isla Margarita en Venezuela fueron escenarios de mi crecimiento hasta los cumplidos cinco años, fue entonces cuando mis padres fijaron residencia en la isla de Mallorca. Me entretuve en una “infancia feliz” donde se veía alternada la escuela con viajes al trópico y así disfrazar  los inviernos mediterráneos en veranos del mar Caribe navegados a vela. Ésta es la etapa donde cogí por primera vez los pinceles y consentí mi imaginación.

Más tarde, la decisión de comenzar la carrera de Arquitectura se tomó sin el peso de la consciencia; al cuarto año se trasladó mi expediente desde Alicante a Madrid en un intento de comprobar a qué se debía lo crítico, mas el experimento se vio saldado con el deje definitivo de la universidad. La decisión tuvo tintes de búsqueda, de no entendimiento del sistema, de acidia existencial y desesperación en cuanto al definir el yo.

Hasta el momento presente no sé si  fue voluntaria la desvinculación por mi parte de lo intelectual; parecía necesitar círculos sin artificio, despresurizar mi persona de la hipocresía y así nutrirme de valores humanos y primarios: la búsqueda del sentido, alto voltaje para la dispersión y la vida intensamente vivida pagada con lo que eres.

Aposté por viajar en una búsqueda constante de nuevas impresiones y sorpresas y reconstruir lo que conozco previo abatimiento del estereotipo, de la conducta aceptada. Brasil, Fiji, Australia, Portugal, India y el mar Caribe han sido parte de los lugares que testifican mi pretérito plasmado en la pintura de los últimos tres años.

El recurso de la pintura como método de expresión y conjunción de mi persona con lo que quiero ver en la vida lo hace fiel a la espontaneidad y rapidez; es por ello que la técnica de la acuarela sea el eje primario de mis carpetas de bitácora, a menudo combinada con tintas y ceras.

Entiendo la pintura como un ejercicio de capricho, de imaginación fluida y resultado desternillante, cuyo cometido sea flexibilizar la percepción de lo entendido como real al tiempo que el sujeto que contempla esa ilusión esboza una sonrisa.